Hoy a las seis de la mañana, una hora bastante poco aconsejable de vigilia, al mismo tiempo que unos hacían el amor, otros, calmaban sus erecciones frotándose con fetos, escondían cadáveres, traficaban con órganos o simplemente dormían, yo, con gran estupor y pesadez, introducía una nueva era en mi vida: Empezaba la Universidad.
El día llegó, durante el verano pasando todas las tardes desnudo en el sofá criando ríos de sudor entre los pliegues de los cojines al son de una película nocturna, o la lectura de un libro, veía este día lejos, casi imperceptible, como si nunca llegara.
Pero todo llega, por mucho que me olvide, todo llega…
Y allí me encontré, completamente solo en una catedral de cultura, movimiento y relaciones humanas. Echaba de menos mi fuerte y cálida crisálida de soledad, onanismo y ociosidad, pero respiré lo más que pude y me dirigí al aula que me correspondía.
Me senté en primera fila, crucé los brazos y apoyé mi barbilla en ellos, mientras veía la variopinta y multitudinaria población que me esperaba durante un año entero, observé a un chaval de mi edad muy gracioso porque tenía unos aparatos mamarios enormes, cuyos pezones luchaban por salir de su ajustada camiseta, eso me hizo recuperar el ánimo que subió al observar a un ser con obesidad mórbida entrando a zancadas jadeantes por el umbral de la puerta.
A las dos horas tuvimos un descanso. En él los alumnos aprovecharon para entablar conversaciones entre sí, conocerse y todo eso que suele hacer alguien que tiene constancia del tiempo que pasará con esa gente, así que, a pesar de mi dificultad para causar una primera impresión algo decente, decidí llenarme de valor para integrarme en lo que pronto para mí será como una segunda familia.
Observé quien podría caer en mis fauces, cual vampiro busca a su rubia embutida por un camisón para saciar su sed de glóbulos rojos, mientras descansaba las piernas sentado en un banco.
Un chaval alto con un flequillo exagerado y cara dormida pasó delante de mí y yo, sin levantarme le espeté:
-Psss, ¿estás solo?
Puede que fuera el tono vacilante de mi voz, o esa manía que tengo de enarcar bruscamente la ceja, lo único que se con certeza es que con su contestación mímica (me miró asustado y dio media vuelta para cambiar de camino) expresó perfectamente que era bastante tímido, así que pasé de él, suficiente tengo con mi timidez.
Probé suerte en la cafetería, allí vi a un chaval, de mi edad, comiendo un bocadillo, con unas gafas y una camiseta de los Ramones, me senté a su lado y le pregunté que libro estaba leyendo, cuando lo levantó y observe la portada me quedé atónito:
Perdona si te llamo amor, Federico Moccia.
De repente perdí el sentido, hubiera soportado cualquier cosa, algún libro policiaco sueco de esos tan prolíferos y que tanto odio, mi estómago hubiera soportado incluso un Crepúsculo, pero eso era demasiado para mí, superior a mis fuerzas.
Ese libro me gritaba: ¡LOCO QUÉ HACES AQUÍ PARADO? ¡HUYE AHORA QUE PUEDES! ¡PERO POR LO QUE MÁS QUIERAS, NO LE DES LA ESPALDA A MI DUEÑO!
Me costará bastante olvidar esa pseudo-indirecta de cartón. Por suerte me relajé descargando algunos temas escatológicos de mi interior (que fui a cagar, vamos) y repuse la cacería, pero con todos los sentidos alerta. Ahora probé con el sexo opuesto y vi a una chica de pelo rizado con gafas, sentada en un banco repasando un horario, le pregunté cual era nuestra próxima clase, y la verdad hubiera sido una buena opción para tener a alguien con quien hablar en los descansos de no ser que hablaba en un idioma desconocido para mí, algo me decía que no era buena idea empezar con una asiática…
Al final, se agotaron mis leves reservas de esperanza, aguardé sólo todo el día con el simple consuelo de haber salido de la crisálida, y con ganas de recibir como un golpe en la cara mis nuevas aventuras.
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