miércoles, 2 de noviembre de 2011

JUEGUECITOS GRACIOSOS PARA HACER EN UN AUTOBÚS

Seré franco y explicito: Los viajes en autobús son un coñazo.


Esa etapa de transición entre la cálida comodidad de tu hogar hasta las sombrías fauces de ese mundo post-apocalíptico que muchos ciegos entendidos llaman universidad, podría convertirse en un anillo más del infierno sobre el cual Dante Alighieri no tuvo el coraje suficiente de incluir en su poema:

"Un terreno cataclismado por continuos movimientos sísmicos, colapsado su movimiento gravitatorio por un tráfico risible, poblado por tronos execrables y estucados con chicles y... bueno... las puertas automáticas de los autobuses nocturnos guardan muchas leyendas urbanas."

Todo ese mundo lovecraftniano está dominado por la sediciosa y desagradable deidad del aburrimiento, ser supremo que se te echa en los hombros y retuerce los testículos de tu paciencia quedando tu moral levemente pisoteada por deseos de acabar devorando los intestinos de la variopinta fauna del ecosistema a ruedas.

Pero tranquilo, si tu mundo interior es una mierda, se te ha olvidado la Game boy en el cuarto de baño de la facultad al que fuiste a masturbarte entre clase y clase, y ningún viajero se sienta a tu lado porque, ora no te duchaste ayer, ora eres una persona tan insípida que tiras para atrás, yo, un ser sólidamente experimentado en viajes metropolitanos mediocres y laborales, te haré un listado de actividades ociosamente divertidas con las que hacer tu odisea personal más amena y llevadera.



Mirar tetas: Todo un clásico, esta actividad consiste en mirar las tetas de las feminas que se introducen en tu punto de visión. Puedes hacer concursos con premios tan exitosos como "las más grandes", "las más gelatinosas", "las más precipitadas", "las más propensas a usarse para cubanas"... Para ello, necesitas una gran imaginación y una mente muy sucia... así que olvídalo, tu imaginación da mucho que desear.

Asesinar con la mirada: Sólo y exclusivamente cuando el autobús va sobrecargado y hay un núcleo de personas que andan de pie. Elige un objetivo y míralo a los ojos fijamente, como si jugaras al juego de “mirar tetas” pero con los ojos, a ser posible poniendo una cara híbrida entre Jack Nicholson en el Resplandor y  la facha de un sacerdote mirando Solo en casa. Verás cuan divertidas son las incómodas reacciones de tus víctimas, y si son mujeres, verás como se sienten que le arrebatan una virginidad esotérica que ni ellas sabían que existía.

Hacerte el dormido: Fácil, cómodo y propenso a ser utilizado por un servidor, simplemente despatárrate ocupando todos los asientos que puedas, puedes acompañarlo con ronquidos infernales, de esos que curan de vegetaciones para aumentar el peso de la bochornosa atmósfera. No solo te lo pasarás pipa, también puedes permanecer tumbado sin que el agua-fiestas de turno te haga echarte a un lado.

Hacerte el dormido 2: Una bella adaptación de la primera a una situación menos atorrante, en este caso te haces el dormido pero sentado, pues debes tener a alguien al lado. Deja caer tu cabeza en su hombro todo lo que puedas, si te aparta, insiste, persiste y empecínate en volver. Muchas veces haciendo esto he conseguido hacer que más de uno se levante. Requiere un gran nivel de experiencia autobusera, o muy poca vergüenza.

Hacerte el dormido con los ojos abiertos: Hazlo cuando te sientes al lado de una octogenaria, risas aseguradas.

Hablar solo: Condimentándolo con enfados repentinos, saltos convulsionados, movimientos epilépticos y gritos en lenguas muertas crearás unos efectos bien vistosos. Si alguien llama a una ambulancia, considérate un genio de esta noble arte.

Preguntar estupideces a tus acompañantes: Desde la mayor gilipollez sin sentido posible, hasta la más compleja reflexión filosofica-metafísica, todo vale por recopilar en tu mente caras de desconocidos que digan: “¿que carajo tomó su madre durante el embarazo y cuan enfermo estaba su abuelo de tener relaciones con su hija?.”

Propano: mirar a los ojos a una persona aleatoria y decirlo con total seriedad y pulcredad de gestos: “propano.” Así, tal cual. Resultados parecidos al juego anterior pero más deformados.

Y por último, y mi favorito:

Fingir un orgasmo espontáneo: Simple y llanamente, desencajar el mayor número de cuellos posible al hacerles girar ante tal atónito suceso no vale todo el oro del Vaticano. Lo más divertido es hacerlo cuando el autobús toma una curva difícil, o se enfrenta a un abultado bache, sin duda el juego que más valor necesita y con resultados más devastadores… en serio.

“Y aquí doy por finalizada mis lecciones
Confiesen con alegría:
Tuvimos a un universitario como maestro.”

(Atención, el verso anterior no fue escrito anteriormente por Ovidio, aunque una búsqueda simple por Internet te diga lo contrario.)




lunes, 26 de septiembre de 2011

UNA NUEVA ERA

Hoy a las seis de la mañana, una hora bastante poco aconsejable de vigilia, al mismo tiempo que unos hacían el amor, otros, calmaban sus erecciones frotándose con fetos, escondían cadáveres, traficaban con órganos o simplemente dormían, yo, con gran estupor y pesadez, introducía una nueva era en mi vida: Empezaba la Universidad.


El día llegó, durante el verano pasando todas las tardes desnudo en el sofá criando ríos de sudor entre los pliegues de los cojines al son de una película nocturna, o la lectura de un libro, veía este día lejos, casi imperceptible, como si nunca llegara.


Pero todo llega, por mucho que me olvide, todo llega…


Y allí me encontré, completamente solo en una catedral de cultura, movimiento y relaciones humanas. Echaba de menos mi fuerte y cálida crisálida de soledad, onanismo y ociosidad, pero respiré lo más que pude y me dirigí al aula que me correspondía.


Me senté en primera fila, crucé los brazos y apoyé mi barbilla en ellos, mientras veía la variopinta y multitudinaria población que me esperaba durante un año entero, observé a un chaval de mi edad muy gracioso porque tenía unos aparatos mamarios enormes, cuyos pezones luchaban por salir de su ajustada camiseta, eso me hizo recuperar el ánimo que subió al observar a un ser con obesidad mórbida entrando a zancadas jadeantes por el umbral de la puerta.


A las dos horas tuvimos un descanso. En él los alumnos aprovecharon para entablar conversaciones entre sí, conocerse y todo eso que suele hacer alguien que tiene constancia del tiempo que pasará con esa gente, así que, a pesar de mi dificultad para causar una primera impresión algo decente, decidí llenarme de valor para integrarme en lo que pronto para mí será como una segunda familia.


Observé quien podría caer en mis fauces, cual vampiro busca a su rubia embutida por un camisón para saciar su sed de glóbulos rojos, mientras descansaba las piernas sentado en un banco.


Un chaval alto con un flequillo exagerado y cara dormida pasó delante de mí y yo, sin levantarme le espeté:

-Psss, ¿estás solo?

Puede que fuera el tono vacilante de mi voz, o esa manía que tengo de enarcar bruscamente la ceja, lo único que se con certeza es que con su contestación mímica (me miró asustado y dio media vuelta para cambiar de camino) expresó perfectamente que era bastante tímido, así que pasé de él, suficiente tengo con mi timidez.

Probé suerte en la cafetería, allí vi a un chaval, de mi edad, comiendo un bocadillo, con unas gafas y una camiseta de los Ramones, me senté a su lado y le pregunté que libro estaba leyendo, cuando lo levantó y observe la portada me quedé atónito:

Perdona si te llamo amor, Federico Moccia.

De repente perdí el sentido, hubiera soportado cualquier cosa, algún libro policiaco sueco de esos tan prolíferos y que tanto odio, mi estómago hubiera soportado incluso un Crepúsculo, pero eso era demasiado para mí, superior a mis fuerzas.

Ese libro me gritaba: ¡LOCO QUÉ HACES AQUÍ PARADO? ¡HUYE AHORA QUE PUEDES! ¡PERO POR LO QUE MÁS QUIERAS, NO LE DES LA ESPALDA A MI DUEÑO!

Me costará bastante olvidar esa pseudo-indirecta de cartón. Por suerte me relajé descargando algunos temas escatológicos de mi interior (que fui a cagar, vamos) y repuse la cacería, pero con todos los sentidos alerta. Ahora probé con el sexo opuesto y vi a una chica de pelo rizado con gafas, sentada en un banco repasando un horario, le pregunté cual era nuestra próxima clase, y la verdad hubiera sido una buena opción para tener a alguien con quien hablar en los descansos de no ser que hablaba en un idioma desconocido para mí, algo me decía que no era buena idea empezar con una asiática…


Al final, se  agotaron mis leves reservas de esperanza, aguardé sólo todo el día con el simple consuelo de haber salido de la crisálida, y con ganas de recibir como un golpe en la cara mis nuevas aventuras.